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La odisea de Shackleton

Arriba, en la fotografía, tomada el 5 de enero de 1915, un grupo de hombres juegan al fútbol sobre la soledad de la Antártida. Al fondo, un barco les espera en mitad de la nada. Ninguno imagina que serán los últimos instantes de felicidad en mucho tiempo. En apenas unos días, los inmensos bloques de hielo se tragarán el “Endurance” y lo aplastarán como si fuera de papel. Sus 28 tripulantes quedarán atrapados en un témpano flotante y viajarán a la deriva durante más de veinte meses, en la mayor pesadilla de supervivencia jamás imaginada. 

Sir Ernest Shackleton ya era un veterano del continente helado, y preparaba una nueva expedición: Imperial Trans-Antartida Expedición, también como llegaría a ser conocida la Expedición Endurance, por tanto, sabía qué tipo de penurias y dificultades le esperaban a él y a los hombres que le acompañaran. Y así lo reflejó en el anunció que puso en los periódicos:

"Se necesitan hombres para viaje arriesgado. Poco sueldo, mucho frío, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, regreso a salvo dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito."

Shackleton se encontró con muchas respuestas a su inquietante anuncio de trabajo y pudo formar un equipo de 28 hombres. El objetivo era atravesar el continente helado en trineo, pasando, por supuesto, por el extremo sur del planeta. Con esa intención zarpó el barco Endurance de Londres el 1 de agosto de 1914, dejando atrás una Europa que empezaba a hundirse en el abismo de la Primera Guerra Mundial. Shackleton y sus hombres se enfrentarían a otros enemigos: el frío, el mar, el silencio y, sobre todo, al hielo.

La idea consistía en atravesar la Antártida recorriendo la mínima distancia posible; por ello se escogió Mar de Weddell como punto de entrada, y también por la misma razón se escogió como salida la Isla de Ross, después de que Shakleton y sus hombres a trineo hubieran pisado el Polo Sur en la Navidad de 1915. Casi nada de esto sucedió. Los planes se torcieron a medida que la travesía por el Mar de Weddell se vió dificultada por las grandes masas de hielo que rodeaban el barco. El Endurance rompió innumerables placas, abriendo un pasillo por el que seguir su rumbo…

Pero en la madrugada del 18 al 19 de enero de 1915, el navío quedó bloqueado por el hielo a 160 km de su destino. El Endurance no volvió a navegar nunca más, fue aplastado por las masas heladas el 27 de octubre de ese mismo año. Quedando en el desamparo a los 28 tripulantes.

Más allá de la crudeza del viaje y los elementos, lo que diferencia a la expedición del Endurance de las demás es ese ojo que les miraba. Durante los largos meses de agonía, la cámara del australiano Frank Hurley no se pierde ni un detalle. Hurley retrata el barco y a su tripulación desde todos los ángulos posibles. Sus imágenes, transmiten una peculiar sensación de realidad. Tan misteriosas como emotivas, tan amenazadoras como fascinantes, foto a foto, Hurley traza un catálogo escalofriante de la soledad de aquellos hombres en mitad de los hielos. Tal vez por eso, s Hurley toma en aquellos días las mejores fotografías que jamás se hayan hecho sobre el hielo.

Los expedicionarios creían que con el deshielo liberaría el Endurance, pero el barco, a pesar de su nombre, no resistió la presión del hielo, escorándose cada vez más. "Hemos decidido abandonar la nave - escribe Shackleton en su diario – Está siendo aplastada, más allá de toda posibilidad de ser recuperada". Así que se trasladaron fuera de la nave, a un improvisado campamento base. Cuando el barco se hundió, la decisión estaba clara para Shackleton: el objetivo sería salvar a sus hombres. La travesía antártica se convirtió en una lucha por la supervivencia.

Los ventiocho hombres y los perros de trineo arrastrando los tres botes salvavidas del barco durante millas, la falta de provisiones, el sacrificio de los perros, sirviendo posteriormente de comida para los hombres, estos últimos transmutados en perros y arrastratando los botes, el deshielo del mar de Weddell y el obligatorio embarque en busca de tierra firme, la llegada in extremis a Isla Elefante, una roca deshabitada perdida en los confines del mundo, por donde no pasaba ninguna ruta marítima, después, la escisión del grupo para que Shackleton y cinco hombres más embarcaran en uno de los botes reconstruidos, en busca del punto de partida del viaje, la Isla de Georgia del Sur donde si está habitada. Una infernal travesía de 1.300 km que el hambre, el cansancio, las tormentas, el furioso mar y el frágil bote de 6 metros de eslora hacen si cabe más heroica esta odisea.

Cuando tocan tierra en Georgia del Sur, lo hacen al otro lado de donde se encuentra el puesto ballenero noruego, por lo que el reducido grupo de seis hombres vuelve a dividirse. Dos de ellos están demasiado débiles, por lo que se quedan en el punto de desembarque, al ciudado de un tercero. Mientras, Shackleton, el Capitán Worsley y el segundo oficial Crean se disponen a travesar los 30 kilómetros que les separan de su destino a pie, cruzando montañas nevadas y glaciares. Al fin, 36 horas después, tres fantasmas demacrados entran en el puesto ballenero, el día 15 de mayo de 1916… de donde habían zarpado año y medio antes.

Enseguida se encargan de volver a por los tres hombres varados al otro lado de la isla y organizan el rescate los ventidós que esperan en Isla Elefante, hambrientos y soportando el frío del invierno austral dentro de los dos botes, fueron necesarios nada menos que cuatro intentos para poder volver a reunirse con ellos, tres meses y medio angustiosos, el 30 de agosto de 1916. Por fin toda la tripulación, veintidos meses después, volvieron a casa.

Veintiocho hombres salieron de Inglaterra y veintiocho volvieron a ella. Ni un sólo hombre muerto. Algo completamente fascinante, que convierte este fracaso, ya que nunca llegaron a pisar la Antartida, en un titánico triunfo frente a las adversidades.

 

Una idea sacada de Fogonazos.

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